Los suizos de la zona francoparlante, a quienes no les falta agua dulce, tienen una linda expresión para quien no ve lo que tiene delante de las narices (cosa que me sucede con frecuencia en la vida cotidiana): dicen así “¡tú no verías ni el agua en el lago!”

Desde hace más de cincuenta años, es un fenómeno que me sorprende en la sociedad: no vemos el agua en el lago. Tenemos evidencias delante de los ojos, pero no las vemos.

A veces no queremos verlas por cinismo o por interés. Pienso, por ejemplo, en los “mercaderes de la duda” que hicieron todo lo posible durante décadas para negar la evidencia, los daños del tabaco y el amianto, las lluvias ácidas, los riesgos nucleares, el impacto de los OGM en los ecosistemas, los riesgos de los productos financieros tóxicos, el calentamiento climático (Merchants of doubt; Naomi Oreskes y Erik M. Conway; Bloomsbery Press).

Pero si esa negación fuera la explicación universal, la vida todavía seguiría siendo sencilla. Lo que me asombró son más bien los mecanismos que hacen que la visión esté borrosa, que se interpongan filtros entre nosotros y la realidad hasta el punto de llegar a dejar en sombras lo que sin embargo saltaba a la vista.

Dichos filtros son muchos: ideológicos -lo que no es conforme a nuestras creencias es necesariamente falso y si lo que queremos no coincide con la ideología, es sólo porque las apariencias engañan-, conceptuales -lo que no logramos representarnos no existe-, culturales -interpretamos la realidad de los demás a través de nuestros propios códigos, contables -lo que no se mide no se administra- o institucionales -percibimos la realidad a través de la representación que las instituciones construyen sobre ella.

En una palabra, el conformismo, el temor a aislarse por no pensar como los demás, la dificultad para percibir el carácter relativo, temporario, de los sistemas conceptuales y de los sistemas institucionales, tan influyentes en nuestra vida cotidiana que los tomamos como si fueran verdades atemporales, quizás también la modestia, que nos hace dudar de nuestros propios ojos cuando los expertos nos dicen que lo que estamos viendo no es nada.

Los gurúes del mundo empresarial tienen una frase para eso: “think out of the box!”. Salga de su marco habitual y póngase a pensar por usted mismo. Pero si la repiten con tanta frecuencia es, precisamente, porque las instituciones, públicas o privadas, imponen, conscientemente o no, un modo de pensamiento del que es difícil -y a menudo peligroso- despegarse.

Ese conformismo es, después de todo, funcional y cómodo a la vez en un mundo que cambia lentamente, donde los modos de pensamiento, los códigos culturales, los marcos institucionales son el fruto de largos aprendizajes y donde pensar como todo el mundo es una garantía de integración y de paz social.

Por el contrario, en un mundo que cambia rápidamente, donde aparecen nuevos desafíos, donde las interdependencias cambian de escala, entre las sociedades, entre la humanidad y la biosfera, los marcos conceptuales e institucionales del pasado se convierten en el obstáculo principal para nuestra capacidad de afrontarlo. A fuerza de no ver el agua en el lago corremos el riesgo de ahogarnos.

La revista “Après demain” me había pedido que escribiera un artículo sobre las políticas a implementar en los barrios suburbanos pobres de nuestras ciudades, esos que el ministro francés de la ciudad, Patrick Kanner, describió tras los atentados de Bruselas como “Molenbeek en potencia”. Consideré que ya no tengo la competencia necesaria como para aportar un valor agregado a un tema que despierta tantos debates mediáticos y hace que florezcan tantos expertos autoproclamados.

Como he estado vinculado a estos temas en distintos momentos de mi vida profesional y militante, preferí proponer una mirada retrospectiva: ¿es verdad que lo que fue madurando a lo largo de las décadas era invisible? ¿Imprevisible? ¿Que la sociedad hizo todo lo que estaba a su alcance? Al contrario, lo que me llamó mucho la atención fue que, en distintas épocas, estaban allí las evidencias que no se han querido mirar, las propuestas simples que se dejaron caer, las advertencias tratadas con una sonrisa de conmiseración (“¿y éste de dónde sale?”).

Encontrarán el texto del artículo adjunto y el link para descargar ese número de la revista http://www.fondation-seligmann.org/NF38/sommaire. Mi idea no es jugar al profeta gruñón que dice: “¡ah, si me hubieran escuchado...!”. Lo hecho, hecho está, punto final. Pero lo que me pareció interesante de ese recorrido por la memoria es que veo allí una parábola de los problemas actuales y de la miopía de nuestras instituciones y gobernantes.

Me viene a la cabeza la frase de Paul Krugman, “el mayor obstáculo para el cambio no son los intereses de algunos por el statu quo (vested interests), sino la fuerza de las ideas recibidas. Aun corriendo el riesgo de aburrirlos os propongo solamente algunos ejemplos de estas obviedades que parece que nadie quisiera mirar de frente y a las que dediqué las entradas anteriores:

- ¿podemos seguir construyendo Europa sobre la unificación del mercado interno cuando el mercado mundial en sí mismo está ampliamente unificado?

- ¿podemos hacer del mercado el modelo de gestión de los bienes y servicios cuando son de naturaleza tan diferente?

- ¿podemos seguir fragmentando rígidamente las competencias administrativas entre múltiples niveles de gobernanza cuando ningún problema serio de la sociedad puede administrarse en un solo nivel?

- ¿podemos separar el crecimiento económico del consumo de energía fósil utilizando la misma moneda para pagar la energía que hay que ahorrar y el trabajo o la creatividad humana, que en cambio hay que desarrollar?

- ¿podemos alcanzar los objetivos que se fijó la comunidad internacional en materia de limitación del calentamiento climático sin pasar por un sistema de cupos para las energías fósiles consumidas por año?

- ¿podemos manejar el impacto mundial de la actividad de los actores financieros, económicos y políticos con un derecho de la responsabilidad que siga siendo esencialmente nacional?

- ¿podemos construir la conciencia de compartir con todos los seres humanos un destino común remitiéndonos, para representarnos, a Estados que confrontan entre ellos supuestos “intereses nacionales”?

- ¿podemos preparar a la generación futura para que asuma responsabilidades tanto más pesadas cuanto que nuestra generación no ha sabido asumir las suyas, a través de una enseñanza que yuxtapone disciplinas?

A cada una de estas preguntas la respuesta es “por supuesto que no, con tanta certeza como que en el lago hay agua. Pero entonces, ¿cómo puede ser que en la práctica estemos respondiendo que sí a todas?