Otra forma de filantropía: historia de la Fundación Charles Léopold Mayer para el progreso del hombre, 1980-2014
Par Pierre Calame le samedi 15 novembre 2025, 18:54 - Lien permanent
La fundación no ha tratado de fijarse objetivos acordes con sus medios, cuya consecución le habría dado la sensación de ser útil, sino que se ha preguntado cuál era el mejor uso que podía dar a los dos privilegios que hacen de las fundaciones instituciones únicas: su total independencia, por un lado, y la posibilidad de actuar a largo o incluso muy largo plazo, por otro. Y llegó a la conclusión de que los objetivos a los que debíamos dedicarnos, en el momento histórico actual, no guardaban relación con los medios financieros de que disponíamos, lo que nos llevó a inventar, paso a paso, otra forma de filantropía.
Otra filantropía ¿Por qué este título para la crónica de una fundación de derecho suizo que abarca treinta años de su existencia? Porque las fundaciones suelen preocuparse por medir la eficacia de su acción y, para ello, se fijan objetivos calibrados en función de los medios de que disponen. Y esta tendencia se ve reforzada por el temor de los poderes fácticos a que la filantropía se aventure en temas políticos. Las fundaciones que no se contentan con mitigar, mediante medidas concretas, la exclusión social o el mal desarrollo, sino que pretenden también atacar sus causas, son rápidamente acusadas de sobrepasar su vocación y, por ello, amenazadas con perder las ventajas fiscales que son un combustible esencial de la filantropía.
La Fundación Charles Léopold Mayer para el progreso del hombre ha seguido durante treinta años un razonamiento totalmente diferente. No ha tratado de fijarse objetivos acordes con sus medios, cuya consecución le habría dado la sensación de ser útil, sino que se ha preguntado cuál era el mejor uso que podía dar a los dos privilegios que hacen de las fundaciones instituciones únicas: su total independencia, por un lado, y la posibilidad de actuar a largo o incluso muy largo plazo, por otro. Y llegó a la conclusión de que los objetivos a los que debíamos dedicarnos, en el momento histórico actual, no guardaban relación con los medios financieros de que disponíamos, lo que nos llevó a inventar, paso a paso, otra forma de filantropía. El jurista Alain Supiot, profesor honorario del Collège de France, habla de «sueño dogmático» para describir el hecho de que los sistemas jurídicos no logran renovarse en respuesta a realidades radicalmente nuevas, como son las interdependencias irreversibles entre las sociedades del mundo y los dramáticos ataques a la integridad de la biosfera. Este sueño dogmático se extiende a nuestros sistemas de pensamiento y a nuestros sistemas institucionales. No han evolucionado al mismo ritmo que las propias sociedades. Seguimos pensando y gestionando el mundo con las categorías mentales y las instituciones heredadas de siglos pasados. Esta observación es válida para el derecho, pero también para la gobernanza, la economía, la ética y las relaciones entre las sociedades. Las organizaciones que estructuran nuestras sociedades, Estados, empresas, asociaciones y universidades se ven superadas por los nuevos retos del mundo y, a menudo, encerradas en modos de pensar y actuar heredados del pasado. ¿Qué otras instituciones, aparte de las fundaciones, pueden atreverse a contribuir al surgimiento de sistemas de pensamiento e institucionales que respondan a los retos del siglo XXI? Para ello, se necesita otra forma de filantropía. Es lo que hemos denominado el «deber de ambición» de las fundaciones. Este principio ha guiado durante más de treinta años, desde 1982 hasta 2014, mi labor al frente de la Fundación Charles Léopold Mayer para el progreso del hombre y espero poder convencerles, al leer esta crónica, de que otra filantropía no solo es necesaria, sino también posible, y de que la desproporción entre los objetivos perseguidos y los medios disponibles no es un obstáculo, siempre que se conciba una aventura colectiva que se persiga con tenacidad durante varias décadas.
Historia de la fundación
La crónica que van a leer no es la historia oficial de la fundación. No se detiene en la descripción de sus estatutos y órganos. Tampoco es exhaustiva, no cubre todas las acciones llevadas a cabo, sino que se centra en las aventuras en las que he participado personalmente. Por eso me expreso en primera persona. Por el camino La crónica que encontrarán adjunta narra «el camino de una fundación». A menudo se cita el poema de Machado: «Viajero, no hay camino, el camino se hace al andar». Nada podría aplicarse mejor a la fundación. No tenía tesis preparadas para defender y su punto de partida se basaba en preguntas, no en certezas. Inventó una forma de avanzar, con miles de socios, descubriendo con ellos los grandes retos del siglo XXI y esforzándose por aportar las primeras respuestas. Para ella, la estrategia siempre ha prevalecido sobre la planificación. Guiada por su estrella, se ha abierto camino según las circunstancias, las oportunidades y los encuentros. Haciéndose eco de la frase del filósofo latino Séneca, «no hay buen viento para el marinero que no sabe adónde va», esta crónica ilustra cómo, durante estos treinta años, la Fundación ha tratado de aprovechar los vientos favorables para contribuir, aunque sea de forma muy modesta, al surgimiento de un mundo que siga siendo habitable en el futuro.